Himno a la Patria

miércoles, 22 de septiembre de 2021

“Un avance de la novela sin final…“

  



Por Víctor Elías Aquino Felipe

De las siete flores que nacieron en el jardín matrimonial de Anita Collado y Carlos Felipe hubo una que le robó el corazón a Anselmo, un joven zapatero que se abría camino en la ciudad de Bonao, la villa de las hortensias y las mujeres bellas, donde no había muchos clientes que arreglaran sus calzados o mandaran a hacerte estos, hijo de José Aquino que había tenido muchos hijos con dos hermanas.

La muchacha se llamaba Ramona, que vivía en la calle Luperón número 23, juntos emprenderían una nueva vida que los llevaría a residir en distintas ciudades de la república, pero se establecerían definitivamente en la capital Santo Domingo, ciudad primada de América.El destino uniría a estas dos familias; mientras los Felipe venían de un campito llamado La Salvia, los Aquino eran de Arroyo Toro. 

Alegrías, tristezas, oportunidades, el deseo de progreso y el camino divino llevarían a estas familias por senderos que ellos mismos desconocían.¡Qué mujeres las Felipe!, qué formación tenían, fueron instruidas por su madre Anita Collado en que, así como cada rosa del Santo Rosario tenía un significado en la fe católica.

Como mujeres, creían que tenían el derecho a escoger un único hombre en la vida y a entregarse a él por puro amor. Fueron mujeres y viudas de un solo hombre y cuando éste partía al más allá un cinturón de castidad se cerraba para ellas de por vida y completaban solas y con Dios la tarea titánica de criar y mantener los hijos.

María, la única de las Felipe que llegó a centenaria, tomó la batuta y puso el ejemplo, cuando su esposo murió estando ella en la flor de su juventud juró ante el cuerpo todavía tibio de su marido, ya cadáver que no dormiría con varón el resto de sus días, fue como si fuera una sentencia que sentó jurisprudencia familiar; y las otras seguirían con la frente al alto sin poner ojos en hombres. Le seguirían en ese voto Mercedes, la tía de amor sin igual, la que cualquier sobrino desearía tener, la mujer de suelta cabellera, que se movía al compás de la rosa de los vientos, la de trato más amoroso en la tierra dominicana. Era el rostro del amor personificado.

Cristina, era esa tía casi solitaria que rayaba en lo casi misterioso; es que como sobrinos casi no la veíamos, sea por la distancia o por lo que fuere la nos parecía un misterio, de hecho, el haber vivido en San José de Ocoa cambió su lenguaje típicamente cibaeño. Todas tenían un olor característico, olían a viudas, y viudas morían. Eran viudas de un solo hombre.Teresa, su piel exhibía el color de la noche, era el dibujo perfecto de la paz y la tranquilidad, hizo un voto de pobreza, más humilde que todos los humildes juntos. Pero cuando se habla de la sonrisa estrepitosa, el chiste ameno, la jocosidad pintada, esa era Pamela. Mostraba su hermosa dentadura como regalo del Dios altísimo, se reía de buenas ganas hasta de ella misma y de sus dificultades personales. Aun en los momentos más tristes, los hacía llevaderos con el toque de su gracia.

Hasta días antes de su muerte se mantuvo burlándose de su propia situación y de su partida. Llovió a cantaros camino a valle de los huesos el día de su sepultura, entre llantos y congojas y la tristeza natural por la pérdida del ser amado.Lupe, al escribir estas letras, por mucho tiempo fue la única con esposo vivo, penosamente Salvador (su esposo no está con nosotros), parece que a ambos les pareció una buena idea que él esperara por ella en el cielo, como el caballero que fue todos los días de su vida.Hoy, 21 de septiembre del 2021, la tía está nada más y nada menos que, en la Ciudad de Nueva York, la ciudad de los rascacielos.Cierro con una anécdota estas líneas del baúl de los recuerdos, con una que recuerda con gran lucidez tía Lupe de mi abuela Mamanita.Cuando Lupe tenia amores con Salvador, un día de vientos claros y tarde bella clara la abuela dictó una sentencia que reza, “casada con Salvador nunca pasarás hambre”. Y así ha sido, y así fue, el querido Salva, tío Salvador, sentado y empinado muchas veces sobre sus recuerdos nunca olvida una cosa: “entregar sustento diario a Tía Lupe”.

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