Por: Ángel Ruiz-Bazán
En tiempos de cambios acelerados, de éxitos efímeros y de reconocimiento momentáneo, la vida nos recuerda, una y otra vez, la profunda verdad contenida en estos versos del poeta Antonio Machado: nada es permanente, todo es tránsito, todo es aprendizaje. Lo único verdaderamente nuestro no es el poder, ni los cargos, ni los aplausos; lo nuestro es el camino que dejamos, la huella que sembramos en los demás.
Hay personas que entienden esta filosofía con el corazón. Son aquellas que trabajan con amor, con entrega y con pasión, que se levantan cada día dispuestas a dar lo mejor de sí, aun cuando el sacrificio sea grande y el reconocimiento escaso. Son hombres y mujeres que comprenden que servir no es una obligación, sino una vocación; que el verdadero éxito no está en ocupar posiciones, sino en transformar vidas.
En un mundo donde muchas veces se confunde el poder con la grandeza, la humildad emerge como una de las virtudes más luminosas. La humildad nos recuerda que todo es pasajero: los puestos de trabajo, los cargos políticos, las responsabilidades institucionales, incluso las circunstancias que hoy parecen definitivas. Nada permanece, excepto el bien que hacemos y la esperanza que sembramos.
Ser humilde no significa pensar menos de uno mismo, sino pensar más en los demás. Es reconocer que nadie llega solo, que cada logro es fruto de muchas manos, de muchos sacrificios compartidos. Es escuchar, aprender, agradecer y tender la mano a quienes más lo necesitan.
Quienes trabajan con amor y entrega saben que cada esfuerzo es una semilla. Siembran en silencio, muchas veces sin esperar recompensa, pero con la convicción de que el tiempo, la vida y la historia se encargan de recoger esos frutos. Porque la verdadera cosecha no es material, sino humana: es la gratitud, el respeto y el recuerdo que perdura en el corazón de las personas.
Por eso, más allá de los cargos, de las coyunturas y de las responsabilidades que hoy ocupamos, lo importante es pasar haciendo camino. Un camino de servicio, de solidaridad, de justicia y de compromiso. Un camino que inspire, que una y que construya.
Al final, cuando todo haya pasado, quedará lo esencial: el bien que hicimos, las manos que levantamos, las oportunidades que brindamos y las vidas que tocamos. Y entonces, como en los versos inmortales, podremos decir que nuestro paso por este mundo no fue en vano, porque caminamos con amor, con humildad y con la firme decisión de dejar un legado que trascienda el tiempo.

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